Cuestión de fe
Noviembre 2, 2007
| Tengo un buen amigo con el que solía hablar de cosas trascendentales. Hoy el mundo se nos ha comido un poco y nos vemos mucho menos, pero eso no viene al caso… O sí.Quizás. No sé.
¡Qué horror, creo que sí! En fin. El caso es que yo siempre le decía “nuestro día llegará”, y él aupaba la mirada por encima del vasito de cristal y me respondía entre condescendiente e incrédulo “ya, sí, claro, ¿tú crees?” En aquellos días y noches teníamos muy abiertas las puertas de la percepción y nos sentíamos felices explorando los recodos de nuestros adentros, los propios y los mutuos. Digamos que desarrollamos un misticismo juvenil muy propio del que empieza a sufrir por la necesidad de saber quién coño es y qué pinta en todo esto. Por aquel entonces seguíamos siendo imberbes, aunque nos plantaramos con arrojo frente a las bebidas más pertinaces. Nos gustaba hablar y hablar para sacar algo en claro y sentirnos menos perdidos. Estos retazos juveniles son comunes a muchos de nosotros, así que esto que escribo no es muy interesante. Lo que me atrapa es saber por qué yo siempre decía “nuestro día llegará”. Era mi colofón habitual más allá del hipo o de la sonrisa caída y macilenta. Podía resultar incluso bastante pesado. O ridículo, mirando al techo con una mueca de autosuficiencia. Ahora trabajo y hago mucha menos introspección. De hecho los licores pertinaces me parecen juegos de niños. Ahora sé que no hay victoria sin sacrificio ni trabajo honrado que me haga rico. Pero en el fondo sigo pensando que nuestro día llegará. Y no me refiero a la muerte… Que llegará. ¿Y cómo será ese día? Antes lo relacionaba con fuegos artificiales, éxito, reconocimiento y dinero; los vacíos que no llenaba mi mocedad. Ahora creo que puede ser algo mucho más sencillo, enmascarado en lo cotidiano, pero infinitamente intenso. Algo tan poco predicado en la televisión, que incluso me parece peligroso no ser capaz de advertirlo cuando se plante ante mis narices -cosas de ser tan fieramente humano-. Cada año que pasa el día que ha de llegar está más cerca. No sé si me limito a esperarlo o me dirijo conscientemente a su encuentro, sólo sé que van cayendo los días. Será cuestión de fe. En el colegio decían que eso es creer en lo que no se ve. Totalmente cierto. Pero es que somos muy necios. Ni nos resignamos a entender que no lo abarcamos todo, ni nos atrevemos a llegar donde no alumbre nuestra luz. ¿Entonces dónde nos quedamos? Sin fe no nos movemos, simplemente nos deslizamos, resbalamos por donde antes han ido otros, o permanecemos en silencio rabiando sin que los demás lo aprecien. Así que vivamos con fe, sin miedo, ufanos. Persigamos ese día que ha de llegar. El de mi madre será seguramente ver publicado un libro con mi nombre. Aunque yo creo que se conformaría con un nieto. Nuestro día llegará. Cojones. |